El sector de la seguridad privada está viviendo ahora mismo dos huelgas históricas: una en el aeropuerto de Madrid y otra en el CGA del aeropuerto de Barcelona. Dos escenarios distintos, pero una misma fotografía: compañeros que han decidido dar un paso al frente, acogerse a su derecho a huelga y decir basta. Compañeros que, sabiendo que cada día que paran es dinero que no entra en la nómina, entienden que hay momentos en los que la dignidad vale más que unos euros.
Pero, como siempre, la otra cara de la moneda es menos heroica. Mientras unos ponen el pecho, otros se dedican a llenar los bolsillos. Horas extras, y no pocas. Turnos eternos, guardias que no deberían estar cubiertas, y la sonrisa cómplice de la empresa agradeciendo que siempre haya “voluntarios” dispuestos a salvarles la papeleta.
Es justo reconocerlo: cada economía familiar es un mundo. No todo el mundo puede permitirse hacer huelga, y hay compañeros para los que perder varios días de sueldo supone un golpe imposible de asumir. Eso se entiende, y nadie debería señalar a quien, por pura necesidad, no puede secundar una huelga.
Pero de ahí a convertirse en máquina de hacer horas extras, superando incluso los límites que marca la ley, hay un abismo. Una cosa es no sumarse a la protesta por motivos personales, y otra muy distinta es ponerse a disposición total de la empresa para tapar cada hueco que deja un compañero que sí ha decidido luchar.
La pregunta es inevitable:
👉 ¿Quién está del lado de los trabajadores y quién del lado de la empresa?
👉 ¿Se puede mirar a los ojos a un compañero en huelga después de haber hecho el turno que él dejó vacío como acto de protesta?
Porque seamos claros: cuando una huelga se convoca, no es un capricho. Es el último recurso de una plantilla harta de abusos, de desprecios y de sueldos que apenas llegan a fin de mes. Y cuando alguien cruza la línea y decide “aprovechar la ocasión” para hacer caja, está lanzando un mensaje claro: “yo estoy bien así, mientras me paguen el extra”.
Y luego, cuando se arranca una mejora, ahí sí: todos a disfrutarla. El que sudó en el piquete y el que se reventó a horas para que la huelga se notara menos. El que arriesgó parte de su sueldo y el que se dedicó a engordar el suyo. Mismo resultado, distinta coherencia.

Seamos honestos: hacer horas en plena huelga es un acto de traición silenciosa. No hay pancarta que lo oculte, ni nómina que lo justifique. Es darle oxígeno a la empresa en el momento en que más debería sentir la presión. Es decirle al patrón: “tranquilo, yo te cubro lo que estos revoltosos no quieren hacer”.
La hipocresía es tan evidente que hasta duele. Muchos se llenan la boca con la palabra “compañerismo”, con la idea de que todos somos un colectivo unido. Pero la realidad es otra: cuando llegan los momentos de verdad, la unidad se rompe en mil pedazos. Están los que luchan y pierden, y están los que se esconden detrás de las horas extra, esperando a que el sacrificio ajeno les caiga en el bolsillo como lluvia fina.
Lo peor es que, cuando pase el tiempo y se consiga algo (si se consigue), nadie pondrá una nota a pie de página en los convenios diciendo: “esta subida no aplica a los que hicieron horas extras en huelga”. No. Todos cobrarán lo mismo. Y esa injusticia debería revolvernos por dentro.
La conciencia duele, sí. Porque la huelga no es un juego ni una excusa para librarse de un turno. Es un sacrificio colectivo. Y cada vez que alguien decide cambiar la dignidad por unas cuantas horas extras, el mensaje es claro: “mi bolsillo primero, el futuro de todos después”.
Así que la próxima vez que alguien hable de unidad, que levante la voz en una asamblea o que presuma de luchar por la profesión, que recuerde dónde estuvo cuando tocaba elegir. Porque hay momentos en los que no basta con ponerse el uniforme: hay que demostrar de qué lado estás.
Y tú, vigilante, ¿de qué lado estás?